¿La arquitectura de las redes sociales nos vuelve hostiles?

19 junio, 2026 | derechos digitales, desinformación, redes sociales

Por Ash Hrycan

¿Alguna vez dijiste en internet algo que jamás dirías en persona? ¿O escribiste un largo comentario que, al ser releído, era mucho más cruel de lo que tenías la intención de decir? Pues esto le puede pasar a todas las personas. Las redes sociales se han convertido en uno de los espacios más habitados de nuestra actualidad y, en algún punto, transfirieron diferentes matices de violencia tangible a lo digital: insultos, amenazas, burlas y expresiones de odio proliferan en los comentarios de noticias, publicaciones virales y debates públicos con una naturalidad que, lejos de alarmar, parece haberse normalizado.

En Paraguay, este fenómeno no es ajeno. El reciente caso mediático de los therians evidenció de forma contundente cómo la desinformación y el sensacionalismo de ciertos medios digitales pueden desencadenar oleadas de violencia verbal. Más aún teniendo en cuenta que las convocatorias a las supuestas reuniones, ni siquiera eran reales. Comentarios como «camara [sic] de gas como hacían con los judíos», «Revivan el Bullying para este tipo de cosas, gracias» o «Preparen rifles onditas bodoques todos los paraguayos nos sentimos casadores [sic] » en respuesta a noticias sobre esta población adolescente, ilustran el nivel de agresividad que se considera aceptable cuando hay una pantalla de por medio en la interacción.

La desinhibición digital como cancha para la violencia

Para comprender por qué las personas se comportan de manera más agresiva en entornos digitales, es necesario recurrir al concepto de desinhibición en línea, desarrollado por el psicólogo John Suler. Este fenómeno describe la tendencia de las personas a sentirse menos restringidas y a expresarse más abiertamente en el ciberespacio que en la interacción presencial. La desinhibición tiene dos opuestos: uno benigno, donde las personas comparten emociones, muestran vulnerabilidad o actúan con generosidad; y uno tóxico, donde usan lenguaje violento, expresan odio e incluso emiten amenazas (Suler, 2004, p. 321).

Suler (2004) identificó seis factores psicológicos que operan de manera combinada para producir este efecto:

  1. Anonimidad disociativa: el anonimato en internet genera la creencia de que las acciones en línea no están conectadas a la identidad en la vida real, alejando psicológicamente a la persona de las consecuencias de sus actos.
  2. Invisibilidad: el ser físicamente invisibles amplifica el efecto de desinhibición, pues da coraje a las personas a hacer cosas que no harían sin ella.
  3. Asincronía: como la comunicación no es en tiempo real, las personas no deben lidiar con la reacción inmediata de la otra parte.
  4. Introyección solipsista: al leer «en nuestra cabeza» el texto de otra persona, se le «escucha» como una voz interna, lo que crea una intimidad falsa o despersonalización.
  5. Imaginación disociativa: al combinar la posibilidad de escapar fácilmente o disociarse de lo que sucede en línea con el proceso psicológico de crear personajes imaginarios, las personas pueden sentir que los personajes imaginarios que «crearon» existen en una dimensión ficticia, separada y apartada de las demandas y responsabilidades del mundo real.
  6. Minimización de la autoridad y el estatus: en el ciberespacio los elementos físicos (vestimenta y lenguaje corporal) que comunican autoridad o estatus están ausentes, lo que disminuye el impacto de dicha autoridad.

Estos seis factores operan como la arquitectura invisible del espacio digital. Imaginemos que la desinhibición en línea es la cancha, las redes sociales son los árbitros y las personas usuarias son quienes juegan. El problema surge cuando los árbitros aplican reglas difusas o arbitrarias, y las condiciones del terreno favorecen a que el juego se torne violento.

El aprendizaje social y la amplificación de la indignación moral

Suler propone que la desinhibición tóxica actúa como una catarsis ciega, una compulsión repetitiva y una exteriorización de necesidades desagradables sin ningún crecimiento personal. Además, se relaciona con el proceso de aprendizaje social por refuerzo, en el que según Brady et al (2021), la retroalimentación social positiva ante expresiones de indignación aumenta la probabilidad de futuras expresiones de indignación. Es decir, mientras más ofensiva nos resulte una publicación, más probable es que interactuemos con ella para expresar nuestra molestia ante la misma La indignación moral influye en la vida social, pues es una fuerte emoción que motiva al castigo de transgresiones morales, promueve la cooperación social y cataliza acciones colectivas para cambios sociales y está ampliamente presente en las redes sociales.

Los hallazgos de Brady et al. (2021) subrayan cómo el diseño de las plataformas, con sus sistemas de likes, compartidos y reacciones, interactúa con los mecanismos de aprendizaje humano para influir en el discurso moral en los espacios públicos digitales. En este sentido, la violencia verbal no es solo un problema de individuos mal intencionados; es también el producto de sistemas diseñados para maximizar el compromiso emocional, sin considerar suficientemente las consecuencias sobre el tejido social en sus poblaciones.

La violencia digital afecta desproporcionadamente a las voces disidentes

La desinhibición digital no opera en un vacío social: reproduce y amplifica las desigualdades preexistentes, ya que las plataformas son diseñadas por personas que acarrean sus prejuicios y sesgos dentro del código y estructura de los programas. No todas las personas experimentan la violencia verbal en redes sociales de la misma manera ni con la misma intensidad. Los grupos históricamente marginados (mujeres, personas de la comunidad LGBT+, activistas, personas racializadas e indígenas) son blancos desproporcionados del discurso de odio en el espacio digital. Esto puede generar una disrupción a nivel sociopolítico en toda la población, generando una polarización donde se reduce a personas marginadas a un «otro», dentro de la misma clase trabajadora, lo cual impide la colaboración y el trabajo en conjunto a través de estas herramientas digitales. En otras palabras, el modelo con el que actualmente se sostienen las redes sociales, puede conllevar mayores consecuencias que la ampliación de la indignación moral, puede cambiar decisiones políticas.

Retomemos el ejemplo de los therians, la manera superficial en la que los medios retrataron a esta subcultura genera un cierto pánico moral, ya que si alguien puede identificarse con un animal, entonces la identidad de género también sería una forma de arbitrariedad, una locura o un exceso. Esta comparación no se deja explícita, sino que se insinúa: «Si aceptamos que los niños se perciban como gatos o perros, ¿qué sigue?, ¿poner cajas de arena en los baños?». Esta pregunta no está hablando en realidad sobre los therians. Apunta principalmente a restar legitimidad a la lucha del colectivo trans y no binario.

Siguiendo esta misma línea, Lacunza et al. (2019) identificaron en una revisión bibliométrica sobre agresión en redes y adolescencia en América Latina, que los comportamientos agresivos en línea presentan dimensiones de género significativas, con las mujeres jóvenes siendo especialmente vulnerables a formas específicas de violencia digital. La experiencia de comunicadoras sociales en Paraguay ilustra vívidamente esta realidad. Un ejemplo claro es Belén Ñe’engatu, cuyo trabajo abordando causas vinculadas a la violencia de género, derechos de la comunidad LGBT+ y problemáticas del espacio público la posicionó como blanco recurrente de violencia digital. La pantalla no solo reduce inhibiciones; también parece conferir una suerte de permiso implícito para atacar a quienes desafían el orden social establecido.

El fenómeno se agrava cuando los medios de comunicación adoptan una lógica sensacionalista que descontextualiza la información y atiza la indignación moral del público. En el caso de los therians en Paraguay, la cobertura mediática que enmarcó a estos jóvenes como una «amenaza» funcionó como empuje para dar rienda a violencia verbal en los comentarios. Las personas usuarias, amparadas en la desinhibición del anonimato y reforzadas por el aprendizaje social de la indignación, sintieron legitimado el uso de la violencia verbal en contra de una inexistente organización de adolescentes por pensar que se creen literalmente animales, siendo que la historia de los therians surge de un movimiento existente casi enteramente en línea basado en filosofías espirituales de individuos que se consideran algo distinto a los humanos.

Conclusión

Las redes sociales no son espejos neutros de la sociedad; son arquitecturas que condicionan comportamientos, moldean emociones y amplifican tanto lo mejor como lo peor de la condición humana. La desinhibición digital, tal como la describió Suler (2004), ha creado un entorno donde la violencia verbal se puede ejercer con menor costo psicológico percibido, aumentando la misma cuando se trata de grupos marginados. Si bien esto no significa que una persona al hacer un comentario irrespetuoso o cruel automáticamente sea una persona violenta, este fenómeno destapa ciertos interrogantes. ¿Medimos el impacto de nuestras palabras en las redes sociales? ¿Dónde se dibuja la línea entre el ciberespacio y la realidad física? ¿Qué debe, o que debemos cambiar nosotros para que las redes vuelvan a ser un espacio para habitar en comunidad? ¿Y quién define hasta qué punto se permite la violencia en este hábitat virtual?