Por Ana Romero- Guaraní
Este artículo propone una reflexión crítica y descolonizadora sobre la relación entre la inteligencia artificial (IA), los pueblos indígenas y los derechos humanos, situando la tecnología dentro de una historia más amplia de exclusión, despojo y resistencia. Desde una mirada indígena, se reconoce que los saberes ancestrales han sido sistemáticamente apropiados sin consentimiento, convertidos en recursos explotables y despojados de su dimensión espiritual, comunitaria y territorial. Esta memoria histórica nos recuerda que la tecnología nunca ha sido neutral: responde a estructuras de poder que han invisibilizado nuestras voces y debilitado nuestras formas propias de conocimiento.
En el escenario contemporáneo, la IA representa una encrucijada. Puede profundizar la exclusión mediante el extractivismo de datos, los sesgos algorítmicos y la vigilancia territorial; pero también puede convertirse en una herramienta para la revitalización lingüística, la protección ambiental y el fortalecimiento de la autodeterminación indígena. Experiencias de monitoreo territorial participativo y tecnologías educativas interculturales demuestran que, cuando las comunidades son protagonistas del diseño y la gobernanza tecnológica, la innovación puede alinearse con principios de justicia social y sostenibilidad.
Desde Paraguay, donde persisten brechas digitales y desigualdades estructurales, esta discusión adquiere particular urgencia. La ausencia de participación indígena en políticas de innovación tecnológica amenaza con reproducir patrones históricos de exclusión. En contraste, una gobernanza basada en derechos colectivos, soberanía de datos y participación comunitaria abre la posibilidad de construir una inteligencia artificial ética, plural y respetuosa de la diversidad cultural. Este artículo sostiene que el futuro tecnológico no está predeterminado; dependerá de decisiones políticas y éticas que reconozcan a los pueblos indígenas no como objetos de innovación, sino como sujetos activos en la construcción del presente y del porvenir digital.
Introducción
Como indígena y defensora de los derechos humanos, he observado cómo la historia de los pueblos originarios está marcada por la resiliencia ̶ cuando no ha sido milenariamente así ̶ pero también por la exclusión y la apropiación de nuestros saberes. Durante siglos, investigadores, museos y empresas tomaron conocimientos ancestrales sin nuestro consentimiento, desde rituales hasta prácticas agrícolas y medicinales, generando pérdidas culturales y económicas que todavía sentimos hoy. Este artículo reflexiona sobre cómo esa historia de marginación se conecta con los desafíos actuales de la tecnología, especialmente la IA, y cómo podemos transformar esa misma herramienta en un aliado para la justicia social.
La IA ofrece oportunidades que antes parecían inalcanzables: revitalizar lenguas indígenas mediante aplicaciones educativas, proteger territorios a través de sistemas de monitoreo ambiental y anticipar violaciones de derechos humanos con algoritmos de alerta temprana. Sin embargo, estas herramientas también presentan riesgos claros: sesgos algorítmicos que invisibilizan comunidades continuamente, explotación de datos culturales sin consentimiento y vigilancia que limita nuestra autonomía. En Paraguay, la brecha digital y la exclusión histórica de comunidades indígenas intensifican estos desafíos, mostrando que la tecnología no se desarrolla en un vacío ético ni cultural.
El artículo explora escenarios futuros posibles: uno en el que la IA se construye desde y para nuestras comunidades, respetando la propiedad colectiva del conocimiento, fortaleciendo la educación y protegiendo la identidad cultural; y otro donde la concentración tecnológica en corporaciones y gobiernos profundiza desigualdades y homogeneiza la diversidad cultural. Propongo un enfoque ético e inclusivo, basado en participación comunitaria, protección de datos, educación intercultural y fortalecimiento de infraestructura digital.
En suma, la IA puede convertirse en una herramienta de emancipación y autonomía si priorizásemos la participación indígena y el respeto a nuestros derechos colectivos, comunales e individuales. La tecnología, lejos de ser neutral, refleja nuestras decisiones; por eso debemos orientarla hacia la justicia, la preservación cultural y el desarrollo equitativo de los pueblos originarios.
Tecnología, poder y exclusión histórica
En Paraguay, la brecha digital ha ido aumentando la exclusión histórica de comunidades indígenas , demostrando que la tecnología está atravesada por dimensiones éticas, culturales y sociales, convirtiéndose en un recurso básico hoy día. 1Esta exclusión no solo afecta oportunidades educativas y laborales, sino también la participación en debates contemporáneos sobre inteligencia artificial y derechos digitales, ampliando las diferencias entre sectores urbanos y poblaciones históricamente marginadas
Si nos remontamos a los últimos 500 años hasta hoy día,como sociedades civilizadas esbozamos cómo la denominación segregada de “grupos étnicos”, “grupos minoritarios” a los pueblos indígenas no solo es imprecisa, sino que ha sido un instrumento colonialista de poder para continuar con el despojo de su propia historia, lengua y autonomía originarias, más aun cuando las élites que dirigen e instrumentalizan el poder, en político, económico y social del mundo que habitamos. Es decir, el colonialismo se impuso como la energía destotalizante y extirpadora de la sabiduría de las sociedades ancestrales y milenarias, proceso reforzado por el sistema-mundo capitalista. Por tanto, sería muy simplista creer que los pueblos indígenas perdieron su comunidad o comunalidad con el avance de las tecnologías —que hoy nos atraviesan a la fuerza—, del mismo modo que se afirma que estarían perdiendo sus lenguas nativas. No se trata de pérdidas, sino más bien de despojos y devastaciones provocados por un mercado capitalista que no tolera aquello que se sostiene en lo común, y por un Estado nacional que, aunque reconoce constitucionalmente la diversidad —como mera constatación— de pueblos y culturas, los integra mediante la asimilación, eliminando así aquello que mejor simboliza y hace efectivas sus diferencias: principalmente, sus lenguas.
En tiempos de democracia y de nuevos sistemas tecnológicos, como la inteligencia artificial, esta contradicción se hace aún más evidente. Se siguen reproduciendo y sofisticando categorías de pertenencia social impuestas, como «indio», «raza» o «mestizo», todas ellas producto de una invención colonial. Durante casi cinco siglos se nos llamó «indios»; luego, en las últimas décadas, pasamos a ser «indígenas» o «pueblos indígenas»2. Ahora comienza a plantearse la necesidad de nombrarnos por nuestros propios nombres originarios: Guaraní, Ayoreo, Nivaclé, Maká… Ese debería haber sido, desde un principio, el gesto ética y políticamente correcto.
En este escenario de nuevas tecnologías, democracia y futuro, me interpelan preguntas que pueden parecer banales: ¿estamos todos? ¿Quiénes son ese «todos»? ¿Quiénes nos representan si ni siquiera somos nombrados como quienes realmente somos? Estas preguntas también surgen frente a los abordajes simplistas y reduccionistas de los derechos humanos, las políticas públicas y los programas que convocan a la construcción social mediante la participación de todos los sectores de la sociedad. En muchos casos, las categorías sociales minoritarias participan, pero no son realmente integradas; su presencia apenas llena un vacío para cumplir con un requisito de inclusión, mientras sus voces y propuestas continúan ausentes.
En el contexto de las tecnologías digitales y la IA, esta construcción social resulta especialmente importante porque sustenta el derecho a la consulta, la participación y la protección frente a formas contemporáneas de exclusión o de apropiación indebida de los conocimientos tradicionales. Sin embargo, tampoco puede negarse que existen pueblos indígenas —tanto desde intereses individuales como colectivos— que terminan formando parte del propio sistema opresor, muchas veces como mecanismo de aceptación social. En esos casos, la permanencia dentro de la sociedad moderna se presenta como sinónimo de «desarrollo», convirtiéndose en un modelo que otras comunidades son inducidas a seguir.
Actualmente, diversos organismos internacionales, en su función integradora, buscan promover una mayor inclusión, expecialmente en un contexto marcado por avances y retrocesos tecnológicos. Entre ellos, la UNESCOsostiene que3«el desarrollo y uso de la inteligencia artificial debe centrarse en la dignidad humana, los derechos humanos y la inclusión social, evitando que las tecnologías reproduzcan discriminaciones históricas o amplíen desigualdades existentes”.En este escenario, los pueblos indígenas emergen como alternativas de resistencia y transformación frente a los desafíos contemporáneos, aunque siguen atravesados por profundas desigualdades y ambigüedades en el acceso a las tecnologías y al conocimiento digital.
En aquellas comunidades que cuentan con acceso a estas tecnologías, la IA comienza a abrir posibilidades que antes parecían inalcanzables, como revitalizar lenguas indígenas mediante aplicaciones educativas, proteger territorios a través de sistemas de monitoreo ambiental o anticipar violaciones de derechos humanos con algoritmos de alerta temprana, Sin embargo, los informes más recientes de UNESCO4“advierten que la expansión de la inteligencia artificial en América Latina puede profundizar las brechas estructurales que afectan a los pueblos indígenas si no se incorporan mecanismos de participación efectiva y protección cultural.”
Al mismo tiempo, durante la última década han proliferado “soluciones” tecnológicas que atentan contra las formas de vida en la Madre Tierra; con geoingeniería, con biotecnología moderna, con el desarrollo de formas artificiales de vida que afectan a la vida misma, incluyendo la biología sintética y las secuencias digitales genéticas. La convergencia de estas tecnologías, orientadas a transformar la vida orgánica y natural en vida artificial, pone en riesgo las leyes de la naturaleza y desafía las formas de vida que conocemos hasta hoy.
Por otra parte, también se advierte que que la ausencia de participación indígena en políticas de innovación tecnológica amenaza con reproducir patrones históricos de exclusión. Esta preocupación encuentra sustento, por ejemplo, en los 5Principios CARE, que establecen que los datos relacionados con los pueblos indígenas deben gestionarse bajo criterios de beneficio colectivo, autoridad para el control, responsabilidad y ética. Desde esta perspectiva, no solo es necesario garantizar la participación de los pueblos indígenas, sino también reconocer nuestra capacidad de proponer soluciones reales a las múltiples crisis contemporáneas, a partir de nuestras propias ideologías, cosmovisiones, filosofías, ontologías y epistemologías.6
Esto implica que toda política vinculada con la innovación tecnológica, la inteligencia artificial o los procesos de digitalización debe contemplar mecanismos de consulta previa, libre e informada, respetar las prioridades de desarrollo definidas por las propias comunidades y evitar nuevas formas de colonialismo tecnológico7. Al mismo tiempo, las potencias económicas más poderosas, desde una visión egocéntrica, antropocéntrica y eurocéntrica, han impulsado una agenda global que continúa reforzando la idea de que la Madre Tierra existe únicamente para proveer recursos naturales, recursos genéticos y servicios ecosistémicos destinados al bienestar humano. Bajo esta lógica, incluso el futuro tecnológico se proyecta sobre una explotación cada vez más intensiva de esos bienes, que en gran medida se encuentran en territorios ancestrales indígenas. 8
En este contexto, el debate sobre IA abre también la posibilidad de cuestionar modelos tecnológicos homogéneos y promover sistemas más inclusivos, plurales y culturalmente diversos. Esa es la perspectiva desde la que muchas personas militamos y hacemos activismo: una mirada que incomoda porque desafía las bases mismas sobre las que se ha construido el desarrollo tecnológico dominante.
En esta primera parte del abordaje sobre los dilemas entre tecnología, poder y exclusión histórica, quisiera destacar dos cuestiones éticas fundamentales. La primera es que atravesamos una profunda crisis civilizatoria, cuyas múltiples expresiones a escala global evidencian el agotamiento de un modelo de organización del mundo. Esta crisis permite interpretar el momento actual como una transición civilizatoria marcada por una estructura de explotación irracional de los seres humanos y de la Naturaleza, sostenida por el sistema económico capitalista y su expresión más concreta: el mercado mundial. Desde esta lógica, el mundo continúa siendo interpretado desde el horizonte del sistema-mundo capitalista, reafirmando la primacía de un Occidente colonialista, racista y patriarcal, que se presenta a sí mismo como el único camino hacia el bienestar. Quienes no encajan en ese modelo quedan excluidos de esa supuesta sociedad de bienestar occidental.
La segunda cuestión, de carácter sociológico y cultural, es que lo que realmente ha evolucionado no son las estructuras de dominación, sino las categorías con las que se nombra a quienes las padecen. Desde un enfoque de derechos humanos se han incorporado conceptos como «inclusión» e «interculturalidad»; sin embargo, las personas que integran esas categorías continúan sujetas a relaciones de opresión. En el caso de los pueblos indígenas, estas dinámicas siguen manifestándose a través de procesos de aculturación impulsados por estructuras coloniales y estatales.
En esta transición, la configuración del poder permanece prácticamente inalterada: la riqueza mundial continúa concentrándose en muy pocas manos, mientras amplios sectores de la población viven en condiciones de pobreza, vulnerabilidad o vulnerabilización, sometidos de manera constante a estructuras políticas de dominación.
Desde esta perspectiva, la disputa por el futuro se expresa, a mi entender, en al menos tres dimensiones: la política, la económica y la social. Sin embargo, cabe preguntarse qué lugar queda para quienes no comparten ni son reconocidos dentro de esas visiones. En el caso de los pueblos indígenas, ninguno.
Pueblos indígenas, futuros posibles en el sistema tecnológico
En esta segunda parte abordaremos, y por qué no, también desmitificaremos algunos de los supuestos avances en torno a la exclusión de los pueblos indígenas. A lo largo de la historia, la exclusión de estos pueblos ha sido persistente, y la deuda histórica derivada de esa falta de inclusión continúa vigente. Del mismo modo, persiste una tendencia romantizar a los pueblos desde su cultura, su forma de ser o su pasado, instrumentalizando esas imágenes para justificar una inclusión simbólica en el mundo contemporáneo. Esta lógica también atraviesa los discursos sobre los avances democráticos, y, más recientemente, sobre IA, presentados como horizontes o imaginarios de futuro que, con frecuencia, siguen sin incorporar plenamente las voces, perspectivas y propuestas de los propios pueblos indígenas. En ese sentido, 9las principales herramientas de IA amplifican determinadas estéticas y narrativas, mientras silencian o tergiversan otras, influyendo en cómo se representan las culturas tanto en los entornos digitales como fuera de ellos. En consecuencia, aquellas narrativas culturales alineadas con las normas dominantes —a menudo del Norte Global— son priorizadas, mientras que las expresiones e identidades del Sur Global permanecen infrarrepresentadas o, peor aún, representadas de manera distorsionada.
Es precisamente aquí donde, para los pueblos indígenas, se configuran distintos imaginarios de futuros posibles. Uno en el que la inteligencia artificial se construye desde y para nuestras comunidades, respetando la propiedad colectiva del conocimiento, fortaleciendo la educación y protegiendo la identidad cultural; y otro donde la concentración tecnológica en corporaciones y gobiernos profundiza las desigualdades existentes y acelera homogeneización de la diversidad cultural. Entre ambos escenarios, resulta indispensable promover un enfoque ético e inclusivo, basado en la participación comunitaria, la protección de datos, la educación intercultural y el fortalecimiento de infraestructura digital.
Sin embargo, la realidad de los pueblos indígenas dista mucho de ese horizonte. Desde el inicio de la eratecnológica, el acceso a las tecnologías digitales ha estado marcado por profundas desigualdades. Tomando el caso de Paraguay como ejemplo, muchas comunidades indígenas aún no cuentan con una conectividad básica ni con acceso estable a internet en sus territorios, condición indispensable para beneficiarse de las herramientas de inteligencia artificial. Esta situación no es exclusiva de Paraguay, sino que se repite en numerosos países donde habitan pueblos originarios. En todos ellos, las comunidades indígenas suelen ocupar el último eslabón de la cadena de acceso a la infraestructura digital, como consecuencia de una exclusión histórica que combina pobreza, desigualdad social, marginación económica y exclusión política.
Entonces, si el acceso a los sistemas tecnológicos sigue siendo tan precario, resulta inevitable preguntarnos qué significa hoy reclamar no solo el derecho al acceso, sino también el derecho a la preservación y a una adaptación que respete nuestras propias formas de vida. Estar presentes en estos sistemas implica también disputar sus lógicas y contribuir a descolonizar aquello que el orden colonial continúa reproduciendo de manera dominante.
Al mismo tiempo, es necesario reconocer una paradoja: la falta de acceso a estas tecnologías también ha contribuido, en algunos casos, a preservar aspectos fundamentales de la cultura, especialmente las lenguas maternas originarias como formas de resistencia. Ello se debe a que el sistema colonial y capitalista ha expandido históricamente sus mecanismos de comunicación y dominación a través de las lenguas hegemónicas —como el inglés, el español, el ruso, el chino mandarín y el francés—, relegando o subordinando las lenguas indígenas.
En América Latina, los avances en materia de reconocimiento lingüístico siguen siendo limitados. Aunque el guaraní ha logrado una mayor presencia en distintos ámbitos, muchas veces esa visibilidad responde a una construcción poscolonial que no siempre refleja la diversidad ni la profundidad de las lenguas y culturas de la gran nación guaraní. En ocasiones, incluso, termina contribuyendo a reemplazar o diluir identidades culturales preexistentes.
Es en este escenario donde emergen los principales dilemas éticos y de derechos humanos. Las promesas de inclusión tecnológica continúan atravesadas por jerarquías ideológicas y estructuras de poder que reproducen las mismas clasificaciones heredadas del colonialismo. Así, los pueblos indígenas siguen ocupando uno de los últimos lugares dentro de un orden social construido históricamente sobre categorías raciales como «blanco», «mestizo», «indígena» y «negro».
Por tanto, si buscamos un punto de inflexión, debemos reconocer que la convivencia democrática en la diversidad sigue siendo uno de los mayores desafíos para un sistema colonial y capitalista que continúa privilegiando la homogeneización por encima de la pluralidad. La inclusión y la interculturalidad, por sí solas, no son suficientes si no van acompañadas de un cambio profundo de época, de historia y de horizonte. Ese cambio exige cuestionar y transformar las múltiples crisis que sostienen el sistema-mundo capitalista.
Por tanto, si buscamos un punto de inflexión, debemos reconocer que la convivencia democrática en la diversidad sigue siendo uno de los mayores desafíos para un sistema colonial y capitalista que continúa privilegiando la homogeneización por encima de la pluralidad. Ese cambio exige cuestionar y transformar las múltiples crisis que sostienen el sistema-mundo capitalista.
Pero la transformación no es únicamente estructural. También implica erradicar las formas de pensamiento que reproducen el egoísmo y el individualismo promovidos por el capitalismo, para reconstruir una comunidad centrada en la vida y en el cuidado colectivo.
Los ancestros ya advertían que, en este nuevo mundo, los seres biológicos se volverán obsoletos; la vida humana, desechable; quienes producen alimentos, prescindibles; los sistemas de vida, serán esclavos de la tecnología; la Naturaleza, reducida a un espacio disponible para ser moldeado según los intereses del mercado; y los conocimientos, convertidos en algoritmos y mercancías.
Sin embargo, no todo está determinado. La inteligencia artificial también puede convertirse en una herramienta de emancipación y autonomía si se prioriza la participación efectiva de los pueblos indígenas y el respeto por nuestros derechos colectivos, comunales e individuales. La tecnología no es neutral: expresa las decisiones, los valores y las relaciones de poder de quienes la diseñan y gobiernan. Por ello, debemos orientarla hacia la justicia, la preservación cultural y un desarrollo verdaderamente equitativo para los pueblos originarios.
Ava ñe´ê guive ja´eramo ñanderekove ha ñande ñamindu´u, nei jahesape´o kuaa tekove ikatune arapukurã jahupyty opa tekove jeiko porã haguã10.Si decimos desde el lenguaje del hombre nuestra vivencia y sentipensares, podríamos encaminar alcanzar vivir bien todos en futuro.
Conclusión
El debate sobre la inteligencia artificial no puede separarse de la crisis ética, ambiental y humana que atraviesa el mundo contemporáneo. En una sociedad donde los sistemas de muerte parecen estar más perfeccionados que los sistemas de vida, la inteligencia artifical corre el riesgo de profundizar las desigualdades históricas, las lógicas extractivistas y las formas de exclusión que durante siglos han afectado a los pueblos indígenas y a los sectores más vulnerabilizados. La violencia ejercida contra la Madre Tierra y contra los propios seres humanos evidencia que el desarrollo tecnológico no es neutral, sino que responde a intereses económicos, políticos y culturales que muchas veces priorizan el capital sobre la dignidad humana y la vida colectiva.
Desde esta perspectiva, la expansión de la inteligencia artificial dentro del sistema capitalista global puede consolidar nuevas formas de dominación tecnológica, donde los países y pueblos del Sur continúen siendo relegados como territorios y poblaciones desechables, subordinados a los intereses de corporaciones transnacionales y potencias tecnológicas. Las brechas digitales, de género, sociales y económicas reflejan profundas desigualdades estructurales que amenazan con profundizar la exclusión de quienes históricamente han sido silenciados. Si la Madre Tierra pudiera hablar, exigiría precisamente la eliminación de esas brechas y la construcción de relaciones más justas, solidarias y respetuosas entre los pueblos y la naturaleza.
Por ello, resulta urgente pensar una inteligencia artificial con enfoque ético, de derechos humanos y de pluralidad cultural, que no avance hacia un post-humanismo desarraigado de la vida y de los vínculos comunitarios. Más que acelerar una ciencia y tecnología funcionales al mercado, el desafío consiste en fortalecer sistemas de vida basados en el cuidado, la reciprocidad y la protección de todo aquello que posee vida natural. En ese horizonte, los conocimientos ancestrales y las cosmovisiones indígenas no representan un obstáculo al futuro, sino una posibilidad esperanzadora para reimaginar tecnologías más humanas, inclusivas y comprometidas con la defensa de la vida y de la Madre Tierra.
Referencias
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Mantilla León, L. (2026, 9 de enero). Diversidad cultural bajo asedio algorítmico: Folklorización, silenciamiento y colonización de nuestros patrimonios culturales. Derechos Digitales. https://www.derechosdigitales.org/recursos/diversidad-cultural-bajo-asedio-algoritmico-folklorizacion-silenciamiento-y-colonizacion-de-nuestros-patrimonios-culturales/
Organización de las Naciones Unidas. (2007). Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. https://www.un.org/development/desa/indigenous-peoples-es/declaracion-de-las-naciones-unidas-sobre-los-derechos-de-los-pueblos-indigenas.html
Organización Internacional del Trabajo. (1989). Convenio sobre pueblos indígenas y tribales, 1989 (núm. 169).OIT – Convenio 169
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Ed.), La colonialidad del saber: Eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas (pp. 201–246). CLACSO.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (s. f.). Sociedad digital y brecha tecnológica en América Latina.
Santos, B. de S. (2015). Una epistemología del Sur: La reinvención del conocimiento y la emancipación social. Siglo XXI: Clacso, Buenos Aires.
UNESCO. (2021). Recommendation on the Ethics of Artificial Intelligence. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000381137
UNESCO. (2023). Artificial intelligence and Indigenous peoples. UNESCO. https://www.unesco.org/en/artificial-intelligence/indigenous-peoples
1 Estudios sobre brecha digital en Paraguay. Diversos estudios sobre brecha digital en Paraguay muestran que las desigualdades territoriales, económicas y étnicas limitan significativamente el acceso de comunidades indígenas y rurales a internet, dispositivos tecnológicos y educación digital
2 Naciones Unidas (2007). Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. La Declaración reconoce el derecho de los pueblos indígenas a conservar, fortalecer y transmitir sus instituciones, culturas, idiomas y sistemas de conocimiento, así como a participar plenamente en las decisiones que afecten sus vidas.
3 UNESCO (2021) Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial. El documento enfatiza la necesidad de proteger la diversidad cultural, lingüística y de conocimientos, especialmente de pueblos históricamente marginados, promoviendo una gobernanza ética que garantice transparencia, participación y acceso equitativo a los beneficios de la IA.
4 UNESCO (2023), Informes sobre IA y pueblos indígenas en América Latina. Señala que muchas tecnologías digitales continúan operando desde lógicas occidentales y monolingües, invisibilizando conocimientos ancestrales y formas propias de producción de saberes, por lo que recomiendan políticas interculturales y soberanía tecnológica indígena.
5 Principios CARE sobre gobernanza de datos indígenas. A diferencia de modelos tradicionales centrados únicamente en la apertura de datos, CARE sostiene que las comunidades indígenas deben participar activamente en las decisiones sobre recolección, uso y circulación de información vinculada a sus territorios, culturas y conocimientos, reconociendo el derecho a la autodeterminación digital.
6 Organización Internacional del Trabajo, Convenio 169 sobre Pueblos Indígenas y Tribales, El Convenio 169 establece que los Estados deben garantizar la participación de los pueblos indígenas en todas las medidas administrativas y legislativas susceptibles de afectarles directamente
7 Aníbal Quijano (2000) explica que la colonialidad del poder no terminó con el colonialismo formal, sino que continúa reproduciendo jerarquías raciales, económicas y epistemológicas en las sociedades contemporáneas.
8 Boaventura de Sousa Santos (2015) sostiene que existe una “monocultura del saber” que históricamente ha deslegitimado conocimientos producidos por pueblos indígenas, campesinos y sectores subalternizados.
9 Https://www.derechosdigitales.org/recursos/diversidad-cultural-bajo-asedio-algoritmico-folklorizacion-silenciamiento-y-colonizacion-de-nuestros-patrimonios-culturales/. Artículo de la organización derechos digitales que habla sobre cómo las IAs son entrenadas con datos del Norte Global y su impacto en la cultura.
10 Si hablamos desde el lenguaje de la humanidad nuestras vivencias y sentipensares, podríamos iluminar y comprender la vida, para alcanzar un futuro en el que todos los seres vivan bien.
